Aquel niño llamado Jack desapareció sin dejar rastro una fría tarde de Noviembre. Las circunstancias de aquel suceso siempre hicieron sospechar tanto a las autoridades como al vecindario. La familia Brown siempre se habían mostrado amables con Emily, pero pese a aquello, ella sentía una inquietud difícil de explicar cuando hablaba con ellos. Incluso Jack, a la tierna edad de 8 años ya exhibía un comportamiento atípico: Apenas se relacionaba con los demás compañeros de clase, solía pasarse horas encerrado en su habitación y jamás sonreía. Emily, que siempre había sentido debilidad por los niños, había intentado sin éxito caerle bien al chico. Jack también llamaba la atención por su aspecto físico. Alto para su edad, delgado sin llegar a lo extremo, pelo castaño siempre cubierto por un gorro, y unas ojeras profundas como el océano que hacían destacar aún más sus ojos, de un azul tan claro que podía confundirse con el blanco.
Recordaba el día de la desaparición de Jack con una claridad impropia de su pésima memoria. El sol escapaba del cielo por el horizonte, proyectando un sinfín de sombras alargadas. El viento soplaba con la furia propia del otoño, y el remolino de hojas secas se asentaba en cualquier rincón como lo habría hecho un vagabundo buscando cobijo. Emily recibió una inesperada visita. La señora Brown acudió a su casa, sin mostrarse excesivamente nerviosa, preguntando por Jack. Era frecuente que el chico se ausentara por unas horas sin decir nada, nadie jamás supo por qué lo hacía, ni adónde iba, y nadie jamás consiguió disuadirle de esa conducta. Por otro lado, el barrio en el que vivían no era sino una zona residencial más en las afueras de Seattle. Nunca sucedía nada en la tranquila calle Lakeside. Tras recibir la negativa de Emily, que pese a todo, siempre se preocupaba por el niño, la señora Brown siguió con su indagación por el resto de la calle.
Carlos