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Llovía, llovía muchísimo, llovía como nunca antes lo había hecho. Y allí estaba ella, en aquella plaza, en aquel maldito pueblo. El día que se fue se prometió que jamás volvería. Se había fallado a sí misma, como tantas otras veces había hecho. Acababa de llegar, salir del coche le producía pavor. Las calles estaban vacías, anochecía. En un ataque de cobardía, volvió a meter las llaves en el contacto de su coche, dispuesta a volver a huir. Encendió el motor, las luces, el limpiaparabrisas, colocó la primera marcha, ya lo tenía todo hecho sólo le quedaba acelerar y escaparía de allí.

Entonces, se encendió una luz en la ventana de la que fue su casa, a través de ella se distinguía una silueta que la observaba y la saludaba. Su familia ya había llegado, llevaban allí desde mediodía y la habían estado esperando, la reunión familiar de cada año no empezaría sin ella. Decidida apagó las luces, el limpiaparabrisas y el motor, bajó del vehículo y devolvió el saludo enérgicamente, como si estuviera encantada de estar allí. Se acercó a la gran puerta que presidia la casa, cogió la aldaba con forma de cabeza de león y llamó a la puerta, abrieron en seguida, efectivamente, la estaban esperando.

Un torbellino de saludos, besos y abrazos se sucedían uno detrás de otro. Después de que la algarabía creada por su entrada en la casa cesara, Emily empezó a ser consciente de todas las caras que tenía en frente, aunque esto no fuera lo que más atención le llamaba. Desde dónde se encontraba veía la puerta de la que había sido su habitación. Su mente le mostraba una serie de imágenes, nítidas todas ellas, de lo que había vivido en ese espacio, en su espacio. Un torrente de lágrimas le inundó el rostro, su familia no entendía. Sin decir nada, corrió hasta llegar a su habitación, abrió la puerta y se encerró. Allí estaban todos sus recuerdos, se mantenía tal y como ella la había dejado. Sus juguetes, sus peluches, sus libros, todo bien ordenado. Se sentó en la cama a observar desde su ventana, observaba la casa de al lado, sus lágrimas seguían corriendo por sus mejillas, cada vez eran más numerosas. En esa casa, muchos años antes de que Emily se encontrara sentada en su cama, vivió otra familia, con un hijo. Aquel niño se llamaba Jack…

Jodobta

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