Archive for diciembre 2011

III


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Allí fuera, frente al lago, estaba Jack. Tenía la ropa sucia y medio rota, como si hubiese acabado de participar en alguna pelea.

Emily estaba confusa, tenía miedo. El sol apenas iluminaba ya las sombrías calles de Seattle y estaba empezando a llover. Podía ver a Jack junto al lago, sí, estaba segura de que era él. Se quedó unos minutos contemplándolo mientras este permanecía quieto, inmóvil, como una estatua de hielo con las manos en los bolsillos sin saber que hacer.
La situación le estaba angustiando, tenía un extraño presentimiento. Algo no iba bien. Algo extraño estaba pasando...

Aunque no conocía a Jack en profundidad, Emily lo había visto infinidad de veces. Ambos tenían una extraña relación a escondidas…

La diferencia de edad entre ambos no era mucha, apenas se llevarían unos seis años, aunque éste parecía algo mayor. Estaba bastante desarrollado para su edad y su forma de comportarse tampoco encajaba con la del resto... Jack no era un chico jovial y alegre como los demás niños del barrio; tampoco se metía en trifulcas y solía estar siempre solo, así que era conocido por todos como “el chico raro”.

Desde un poco tiempo después de que la familia Brown decidiera mudarse a Lakeside, solían intercambiarse miradas todas las tardes desde sus respectivas habitaciones. Jack siempre miraba a Emily de forma extraña desde su habitación, como si quiera decirle algo mas con la mirada de lo que ésta pudiera intuir…

La familia de Jack no era bien recibida en el zona. Las malas lenguas siempre hablaban de su desconocida procedencia y de lo extrañas que eran sus formas, así que nadie en Lakeside que se preciase, tenía relación con ellos.

Cuando esa misma tarde, la madre de Jack se acercó a Emily para preguntarle, ésta no supo que decir. No entendía porque creía que ella podría saber donde se encontraba su hijo. Bien es cierto que Emily era la única en el barrio que había cruzado alguna vez palabra con alguien de la familia Brown, pero estas habían sido por educación y bastante escuetas por su parte. Elise, la madre de Jack siempre se había mostrado amable con Emily. Parecía interesarse por la vida privada de ésta, pero ella estaba convencida que no era más que simple educación, ya que era la única en todo el barrio con la que podía hablar... porque el resto de vecinos parecían huirles.

Tras múltiples intentos de acercarse hacía Jack en vano, Emily intentó llamarle de un grito, aunque ésta nunca encontró respuesta. Jack seguía allí, embebido delante del lago. Algo le tenía totalmente atrapado. Finalmente, se decidió a avanzar hacia a él. No podía pasar nada malo se repetía cada dos pasos… así que fue poco a poco, despacio, con pasos pequeños y asegurándose de que el crujir de las hojas a su paso alertara a Jack de que ésta se estaba acercando. Cuando ya estaba a medio camino pensó en gritarle de nuevo para que se girara, pero el viento ahogaba su voz y apenas se podía escuchar a ella misma mientras gritaba su nombre cuando…. vio que Jack no estaba solo.

Emily se quedó en estado de shock, con los ojos abiertos, mientras su mente intentaba alertar a su cuerpo de que diera media vuelta y echara a correr pero… ya era demasiado tarde.



Rachel
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II


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Aquel niño llamado Jack desapareció sin dejar rastro una fría tarde de Noviembre. Las circunstancias de aquel suceso siempre hicieron sospechar tanto a las autoridades como al vecindario. La familia Brown siempre se habían mostrado amables con Emily, pero pese a aquello, ella sentía una inquietud difícil de explicar cuando hablaba con ellos. Incluso Jack, a la tierna edad de 8 años ya exhibía un comportamiento atípico: Apenas se relacionaba con los demás compañeros de clase, solía pasarse horas encerrado en su habitación y jamás sonreía. Emily, que siempre había sentido debilidad por los niños, había intentado sin éxito caerle bien al chico. Jack también llamaba la atención por su aspecto físico. Alto para su edad, delgado sin llegar a lo extremo, pelo castaño siempre cubierto por un gorro, y unas ojeras profundas como el océano que hacían destacar aún más sus ojos, de un azul tan claro que podía confundirse con el blanco.

Recordaba el día de la desaparición de Jack con una claridad impropia de su pésima memoria. El sol escapaba del cielo por el horizonte, proyectando un sinfín de sombras alargadas. El viento soplaba con la furia propia del otoño, y el remolino de hojas secas se asentaba en cualquier rincón como lo habría hecho un vagabundo buscando cobijo. Emily recibió una inesperada visita. La señora Brown acudió a su casa, sin mostrarse excesivamente nerviosa, preguntando por Jack. Era frecuente que el chico se ausentara por unas horas sin decir nada, nadie jamás supo por qué lo hacía, ni adónde iba, y nadie jamás consiguió disuadirle de esa conducta. Por otro lado, el barrio en el que vivían no era sino una zona residencial más en las afueras de Seattle. Nunca sucedía nada en la tranquila calle Lakeside. Tras recibir la negativa de Emily, que pese a todo, siempre se preocupaba por el niño, la señora Brown siguió con su indagación por el resto de la calle.

Tras recibir esta noticia, Emily actuó como siempre hacía. Se tomó un café con unas gotas de ron, salió al jardín trasero de su casa, se sentó en la vieja mecedora orientada hacia el lago Washington y encendió un cigarrillo. Los hilillos de humo que ascendían libremente tenían el poder de tranquilizarla más que las sustancias propias del tabaco. Pero aquel día el viento se los llevaba con celeridad. Terminó el cigarrillo apresuradamente y entró en casa. Nada más hacerlo su cerebro rememoró la última imagen del jardín que había visto, justo antes de cerrar la puerta. Había algo diferente en aquella escena. De forma inconsciente volvió a salir al exterior, y fue entonces cuando vio algo que cambió su vida para siempre…

Carlos

I


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Llovía, llovía muchísimo, llovía como nunca antes lo había hecho. Y allí estaba ella, en aquella plaza, en aquel maldito pueblo. El día que se fue se prometió que jamás volvería. Se había fallado a sí misma, como tantas otras veces había hecho. Acababa de llegar, salir del coche le producía pavor. Las calles estaban vacías, anochecía. En un ataque de cobardía, volvió a meter las llaves en el contacto de su coche, dispuesta a volver a huir. Encendió el motor, las luces, el limpiaparabrisas, colocó la primera marcha, ya lo tenía todo hecho sólo le quedaba acelerar y escaparía de allí.

Entonces, se encendió una luz en la ventana de la que fue su casa, a través de ella se distinguía una silueta que la observaba y la saludaba. Su familia ya había llegado, llevaban allí desde mediodía y la habían estado esperando, la reunión familiar de cada año no empezaría sin ella. Decidida apagó las luces, el limpiaparabrisas y el motor, bajó del vehículo y devolvió el saludo enérgicamente, como si estuviera encantada de estar allí. Se acercó a la gran puerta que presidia la casa, cogió la aldaba con forma de cabeza de león y llamó a la puerta, abrieron en seguida, efectivamente, la estaban esperando.

Un torbellino de saludos, besos y abrazos se sucedían uno detrás de otro. Después de que la algarabía creada por su entrada en la casa cesara, Emily empezó a ser consciente de todas las caras que tenía en frente, aunque esto no fuera lo que más atención le llamaba. Desde dónde se encontraba veía la puerta de la que había sido su habitación. Su mente le mostraba una serie de imágenes, nítidas todas ellas, de lo que había vivido en ese espacio, en su espacio. Un torrente de lágrimas le inundó el rostro, su familia no entendía. Sin decir nada, corrió hasta llegar a su habitación, abrió la puerta y se encerró. Allí estaban todos sus recuerdos, se mantenía tal y como ella la había dejado. Sus juguetes, sus peluches, sus libros, todo bien ordenado. Se sentó en la cama a observar desde su ventana, observaba la casa de al lado, sus lágrimas seguían corriendo por sus mejillas, cada vez eran más numerosas. En esa casa, muchos años antes de que Emily se encontrara sentada en su cama, vivió otra familia, con un hijo. Aquel niño se llamaba Jack…

Jodobta