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IV


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Tarde, porque aquella imagen ya se había grabado a fuego en su memoria.

Había reconocido a la persona que acompañaba al chico a la orilla del lago. Esa silueta masculina le resultó inmediatamente familiar, era un hombre alto y fornido, situado unos pasos por detrás de Jack, y con esa misma expresión sobrecogedora, carente de cualquier emoción. Pero ni la distancia a la que se encontraba ni la máscara que disfrazaba esa cara impidieron que Emily reconociera a su padre con sólo una mirada.

En ese momento millones de imágenes se abrieron camino desde lo más profundo de su mente. Recordó las excursiones familiares que su padre aprovechaba para sacar cientos de fotografías, mientras ella le interrogaba una y otra vez sobre cómo era posible que después esos paisajes aparecieran en un pequeño papel. Evocó el tono dulce y comprensivo que caracterizaba su voz. Rememoró su mirada autoritaria pero extrañamente llena de calidez. Y revivió su entierro, la despedida definitiva de su padre, uno de los grandes pilares de su vida.

Entonces sus músculos obedecieron y por fin pudo correr. Mientras las lágrimas caían por sus mejillas volvió a la casa y se encerró en su habitación. Se tumbó en la cama e intentó serenarse. En su cabeza se entremezclaban duda, interrogantes y un miedo atroz. ¿Qué había ocurrido? Estaba cien por cien segura de lo que había visto: su padre, quien había muerto durante el naufragio de un barco, donde realizaba las fotografías para un reportaje sobre la pesca de altura. La circunstancias del hundimiento nunca terminaron de estar claras, pero así son esas cosas, o eso decían todos. En cualquier caso, los test de ADN confirmaron que uno de los cuerpos era de su padre. ¿Había visto un fantasma? No, se negaba a creer en esas estupideces.

El desconcierto no hacía más que crecer dentro de ella. Se acercó a la ventana, ya no había nadie en el jardín. Deambuló por su habitación sin cesar, con las aterradoras expresiones de su padre y su vecino adolescente fijas en su cabeza, hasta que escuchó la llave en la cerradura y bajó a recibir a su madre y sus hermanos. La expresión de su rostro la delató en cuanto les abrió la puerta. Les contó lo que había visto. Sus reacciones fueron dispares, su hermano se limitó a susurrar que estaba loca, su madre, con expresión de preocupación musitó: “Emily, por dios, ¿has vuelto a beber?”. Sin embargo, la cara de Ana, su hermana pequeña, se volvió pálida en un segundo, pareció querer decir algo, permaneció en el pasillo mientras Laura seguía con su sermón sobre el alcoholismo de Emily, y después desapareció silenciosamente.


Casover